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Columna Por la Espiral

Tw: @claudialunapale

Economista experta en periodismo económico y escritora de temas internacionales.

 

Golpe de Estado en Reino Unido

 

Desde el Siglo de las Luces se ha cuestionado el poder despótico, su concentración omnímoda sobre de la voluntad de una mayoría ignorada cuyo designio quedaba supeditado muchas veces a la caprichosa decisión de una persona.

Pensadores como Charles Louis de Secondat, señor de la Brède y barón de Montesquieu, Jean Jacques Rosseau y François-Marie Arouet más conocido como Voltaire entre otros brillantes reformistas liberales contribuyeron a edificar las bases de un sistema democrático con poderes escindidos a fin de evitar la concentración de criterios y la toma de decisiones en una sola persona.

Y en ese juego de espejos y equilibrios entre el poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial desmenuzado por Montesquieu estaba lo que Rousseau defendió por su carácter diametralmente imprescindible: “Como el soberano no tiene otra fuerza que el poder Legislativo, solo actúa por las leyes. Y como las leyes no son más que actos auténticos de la voluntad general, el soberano solo podría actuar cuando el pueblo está reunido”.

El Legislativo, esgrimió el pensador francés, en su obra cumbre “El contrato social” es el corazón del Estado, el poder Ejecutivo es el cerebro que da movimiento a todas partes; “el cerebro puede caer en parálisis, pero el individuo puede seguir viviendo”.

Ese corazón se ha rebelado en Westminster ante una medida que ha sido calificada históricamente como “antidemocrática” y de “golpe de Estado” en la nación británica tras el anuncio del premier ministro Boris Johnson de paralizar la actividad legislativa desde el 10 de septiembre hasta el próximo 14 de octubre.

Johnson se ha obcecado en un Brexit salvaje, prácticamente llevarlo in extremis hasta lo que según él cree es su estrategia para doblegar  a la Unión Europea (UE) a  fin de que acepte las condiciones de Downing Street. Pierde más el que se va, que  el que se queda.

 Tal decisión –además avalada por la reina Isabel II- ha dejado con la boca abierta  en Europa y ha servido como catalizador para sacar a la gente a las calles de la City, esta vez en  masa, para defender a su democracia… ya no es solo el asunto del Brexit con acuerdo o   sin acuerdo para el 31 de octubre próximo, es un moral desafío a la democracia británica. Johnson por encima del Legislativo.

Lo que ha desnudado la vorágine británica es hasta dónde puede maniatarse y manosearse a la democracia si el gobernante se muestra testarudo en llevar el plan que a él le convenga.

Desde que se votó el referéndum del Brexit -23 de junio de 2016- una mala enfermedad se ha apoderado del gobierno y de la democracia británica que ha ido deformándose conforme se cae en un choque frontal entre el Ejecutivo y el Legislativo. Ningún caso, de ningún otro país de Europa, es tan llamativo y eso que en la última década como resultado de la larga crisis económica y del incremento del descontento ciudadano cada vez hay más países europeos enfrentando sendos desafíos para formar gobierno tras unas elecciones.

No solo además para formarlo sino también para mantener las coaliciones funcionando porque muchos de esos pactos iniciales terminan rotos a medio camino orillando a nuevas elecciones generales.

A COLACIÓN

Al premier Johnson le han llamado “dictador” en la Cámara de los Comunes, le han acusado de un golpe de Estado con su decisión de dejar sin actividad parlamentaria durante cinco semanas al Parlamento. Le han dicho en su cara que “esto no es Caracas”.

Una veintena de sus propios legisladores tories han antepuesto “los intereses de la democracia” sobre de los de su Partido Conservador para votar una ley propuesta por los laboristas de Jeremy Corbyn a fin de evitar en la fecha que sea, una salida sin un acuerdo… evitar a toda costa un Brexit salvaje. Han votado ese blindaje y de paso le han recordado a Johnson porque el Legislativo es el corazón del Estado según Rousseau.

 Darle a la democracia en la diana se está convirtiendo en el maquiavélico juego preferido de varios  políticos mundiales obsesionados por demostrar que, sus egos, están por encima de las mayorías,  de las instituciones, del Estado, de las leyes… en suma, de la esencia misma de la democracia.

¿Qué es lo más llamativo? Que está aconteciendo en las gloriosas democracias occidentales, es decir, ya no son las críticas acostumbradas y recurrentes de la salud de los sistemas políticos de África, ni de América Central o América del Sur, o de China o Rusia.

El problema endémico acontece en Italia, en España, en Reino Unido, también en Alemania, en Francia y otras democracias en las que últimamente viene siendo costumbre que el candidato ganador no siempre termina gobernando o si  lo hace es porque ha tenido que pactar hasta con el diablo para ser investido.

Directora de Conexión Hispanoamérica, economista experta en periodismo económico y escritora de temas internacionales

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