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Soy Blanca

“Soy blanca, estamos en España, te puedo hacer lo que me da la gana y no me pasará nada”, fueron las palabras textuales que el 4 de marzo de 2018 le gritó una mujer al actor afroespañol Marius Makon en un bar de Madrid antes de golpearle con una botella de vidrio en la ceja, dejándole 7 puntos de sutura. Lo más triste de este lamentable incidente fue que las palabras de la mujer encerraban una verdad absoluta. En 2013 visitó España un relator especial de la ONU sobre las formas contemporáneas de racismo, y en su informe afirma que España tiene una legislación poco efectiva para combatir el racismo, la xenofobia y la intolerancia.

El artículo 14 de la Constitución Española dice: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”. Lo cual puede llegar a interpretarse como que el derecho de igualdad ante la ley no está contemplado explícitamente para los extranjeros.

Todo eso deriva en una ley de extranjería que es comparable a un campo de minas, la cual no te permite trabajar pero te exige un contrato laboral de al menos un año, algo que a día de hoy es casi un milagro para los propios españoles. Una ley que te obliga a trabajar al margen de tus derechos, sin protección alguna como trabajador. Una ley que te empuja a trabajar “en negro”, triste ironía.

Casi todos recordamos el caso del joven mantero de origen senegalés que murió en el barrio madrileño de Lavapiés durante una persecución policial, el cual llevaba 12 años viviendo en España sin conseguir regularizar su situación. Doce años que son dos más de los que exige la ley para poder optar a la nacionalidad española.

A la ya temible ley de extranjería en España hay que sumarle los túneles del terror en que se han convertido las oficinas de extranjería en todo el país. Esto se traduce en largos retrasos en la resolución de expedientes, altas tasas de denegación, citas que se dan para dentro de tres meses, etc. Como es obvio, los principales afectados por este circo son los extranjeros. Muchos a pesar de cumplir con los mil y un requisitos que se les exigen, se ven en situación irregular por la reverenda incompetencia de la extranjería, la cual sufre un maremoto con cada cambio político que sucede en el país.

A muchos estudiantes extranjeros las entidades bancarias les bloquean las cuentas al estar injustamente en situación irregular, no pueden alquilar pisos, no pueden sacarse el abono transporte y así un largo listado de contratiempos. El grado de incongruencia puede verse reflejado hasta en los plazos.

A María, una muchacha que estudia en la Universidad de Málaga, le caduca el permiso en junio, puede renovarlo hasta 90 días después de que caduque para lo cual necesita las notas del curso, las cuales no salen hasta septiembre. Con paciencia y muchos recursos interpuestos a María le conceden en mayo un permiso que vuelve a caducar en junio, entrando así en un bucle en el que los paseos a la oficina de extranjería son una constante.

Muchos recordarán el incidente en El Tarajal, en el que una jueza archivó el caso de 15 inmigrantes que murieron al intentar cruzar la frontera de Ceuta, alegando que no se detectaron indicios de los delitos de homicidio y lesiones imprudentes por parte de los guardias civiles imputados. Este, igual que las denuncias de torturas y malos tratos en los Centros de Internamiento de Extranjeros, son solo algunos de los casos a los que se dan un carpetazo rápido porque la ley no condena lo contrario.

La lista de ejemplos es interminable, pero verdad solo hay una, las leyes españolas protegen poco a los inmigrantes. A este desierto de lava hay que añadirle que desde que se desató la crisis económica, en España ha crecido una parte de la población que considera a los extranjeros una amenaza, delincuentes que vienen a quitarles los trabajos y las ayudas sociales.

Esto que a priori parece un mal chiste contado en un funeral, le ha servido de discurso a la ultraderecha para ganar adeptos e irrumpir con fuerza en el esquema político español. Muchos se defienden diciendo que todos tenemos derecho a expresar nuestra opinión, pero lo que no saben es que el racismo, la xenofobia o la intolerancia no son una opinión, son formas de discriminación y odio que deben ser erradicadas porque atentan contra los derechos de las personas.

Las actitudes pasivas frente a estas posturas lo único que hacen es moldear cerebros para que consideren normales cosas que ni por asomo lo son. Hace poco más de un año y medio, el gigante textil H&M sacó en su web una sudadera en la que podía leerse en inglés “el mono más guay de la jungla” y otra que rezaba “experto en supervivencia”.

Los modelos de dichas sudaderas eran dos niños, uno negro y otro blanco, no hace falta decir quién lucía cual. De igual forma que Dove para anunciar una de sus cremas mostraba una chica negra que se convertía en blanca después de aplicársela. Los dos anuncios se zanjaron con disculpas por parte de las empresas y muchos en las redes sociales decían que las críticas eran exageradas, que un error lo cometía cualquiera, que no era para tanto.

Ese es uno de los grandes obstáculos a la hora de erradicar el problema, la normalización del racismo. Si cada vez que te comes una manzana vomitas, tu cerebro entenderá que hasta el olor de las manzanas es malo. Lo mismo debemos hacer con la más mínima muestra de racismo que percibamos a nuestro alrededor, vomitarla. No dejemos que nos hagan pensar que es normal que nos llamen “el mono más guay de la jungla”.

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