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Doctor en Periodismo

@fquinterog

La «g» de gigantes

 

Estos días el G7 se reúne en Biarritz. En esa alfombra de tanto poder político concentrado se debaten infinidad de temas más que trascendentales para la humanidad en su conjunto.

Por extraño que parezca, en un mundo como el actual donde la comunicación es el hilo conductor de todo en su máxima expresión de inmediatez y contenidos, las posibilidades de grandes consensos en las tomas de decisiones sobre temas tan importantes como el cambio climático, las sanciones a Irán, la situación del comercio internacional, el Brexit o el propio desarrollo de modelos democráticos autónomos en África se desvanecen como azucarillos en un vaso de agua.

Decisiones masculinas, mayoritariamente, decisiones sometidas al criterio macroeconómico, decisiones alejadas del criterio poblacional, decisiones que, en muchas ocasiones, se toman bajo el manto de la prepotencia de dirigentes como Trump  o Johnson que se empeñan en nacionalizar sus ombligos, levantando muros doctrinales que sólo conducen al perjuicio mayoritario.

Abandonar, prematuramente, la idea de que no nos podemos entender y que de esas reuniones no sólo saldrán fotos kafkianas de un Presidente de USA ofreciendo acuerdos comerciales ventajosos al Primer Ministro de Inglaterra a cambio de que deje a un lado a la Unión Europea cuanto antes mejor, es convertirnos al “bolsonarismo” antiecológico y tirar la toalla ante este grupo de totalitarios que ha decidido la historia hacer coincidir temporalmente. Permítanme que me niegue desde estas líneas que se asoman al mundo digital.

Me viene a la cabeza gracias a la conversación con una buena amiga hoy el “superhombre” de Nietzsche. Su “Übermensch” desarrollado en su obra “Así habló Zaratrusta” viendo el encuentro de los máximos mandatarios en esa mesa parece más presente que nunca. Todos de una manera u otra quieren representar la voz hegemónica de quien dirige todo pero en realidad dirige un caos programado.

La humanidad requiere con fuerza una nueva manera de entender la relación con el planeta e innovadoras tomas de decisiones que pasan por la colectividad. No parece muy acertado distinguir fuerzas antagónicas que a su vez son destructivas frente a las otras.

De igual modo, no pueden arrinconar a la sociedad hacia la necesidad de nuevos “superhombres” porque es la pescadilla que se muerde la cola que desencadena en más totalitarismo y tomas decisiones unipersonales que llegados a este punto supondrían un punto final en el orden internacional.

Los organismos supranacionales deberían funcionar con la equidad con la que los creamos, la supervisión por parte de instituciones democráticas debería ser el garante para no toparnos con la roca infranqueable de la destrucción del planeta porque aceptemos como norma que el género humano es un arma de destrucción masiva.

Posicionarse en el activismo humano como defensa de lo humano debe ponerse de moda. La democracia y el estado de derecho permiten frenar las sucesivas malas maneras que está demostrando nuestra historia contemporánea, casi olvidando con tozudez lo acontecido recientemente en el siglo XX.

No basta con tomar conciencia, las proezas de la humanidad son infinitas y algunas eran casi improbables e impensables, permítanme cerrar estas líneas con el enfermizo optimismo de quien sigue creyendo en la buena naturaleza de las cosas.

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