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HomeOpiniónIgnacio Camacho

Allanamientos

 

Ciberataque es el nuevo nombre de la delincuencia. Protegidos por cortinas de anonimato, los hackers –un término que en su origen aludía a cualquier experto en descubrir agujeros informáticos– se han convertido en el hampa posmoderna.

 

Un cierto estúpido pensamiento débil los confunde con activistas de la libertad y les da rango de heroicos partisanos contra conjuras secretas, pero en la mayoría de los casos se trata de simples allanadores, ladrones de datos, asaltantes de intimidades, vulgares rompepuertas. Esto en el mejor de los casos porque también pueden ser terroristas, golpistas de Estado o saboteadores de empresas, por no hablar de los propagadores de bulos que utilizan la mentira en red como arma de guerra. Gente que ya ha demostrado que al servicio de no se sabe qué poderes puede alterar incluso unas elecciones a golpe de tecla.

 

Los nuevos piratas actúan en el mar de la tecnología amparados en un vacío jurídico. Si la legalidad internacional es de por sí ineficaz, en el mundo sin fronteras de la comunicación la ley del más fuerte ha sido suplantada por la del más listo. De ahí que los Estados hayan optado por defenderse a través de una contrainteligencia que si no se mueve al margen del Derecho lo hace en las dudosas márgenes de un limbo. La sociedad de la información es un campo sin vallar donde se libra una batalla por la hegemonía en la que da la impresión de que los malos tienen de momento una posición de dominio.

 

Por lo pronto han logrado ventaja en el lenguaje, como ya ocurrió con el terrorismo; la semántica al uso dulcifica sus intenciones en el marco mental favorable de un camuflaje eufemístico. No son románticos guerrilleros que combaten a potencias autoritarias o a monopolios plutocráticos, ni libertarios idealistas ni milicianos insumisos; son chantajistas, traficantes de datos íntimos, intoxicadores profesionales, agentes subversivos. Son cibercriminales que atacan al sistema por cualquier rendija susceptible de sufrir conflicto.

 

El universo digital carece de pautas éticas o de reglas de comportamiento. Si las tiene no sirven; todo lo que puede hacerse se acaba haciendo. La legislación es insuficiente y va muy por detrás de los acontecimientos. La seguridad tecnológica tampoco puede garantizar el riesgo cero; el malware siempre encuentra un modo de superar cortafuegos. Sin embargo esa lucha silenciosa constituye uno de los ejes del combate contemporáneo por la libertad, en el que resulta imprescindible identificar al enemigo: el prestigio social de los saqueadores y de los impostores conduce a un orden moral inverso. El hackeo es una agresión y la falsedad, una vileza; asociados representan una de las más peligrosas agresiones contra la convivencia. Por eso el blindaje contra la vulnerabilidad en red y la defensa de la verdad frente al ciberinfundio son hoy dos de los mayores retos de la sociedad abierta.

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