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Juan María Naveja Diebold

Juan María Naveja Diebold

La guerra que terminará al mundo

La Primera Guerra Mundial está, por supuesto, conectada a muchos antecedentes. De muchas maneras es la cúspide de otras guerras, de ideologías, cambios demográficos y tecnología como lo hemos señalado. Para sugerir que esta guerra, y no otras que le preceden y suceden, es el conflicto origen que no ha terminado y que está destinado a terminar al mundo tiene que haber algo que la diferencia de los sucesos que le anteceden y que no se han repetido desde entonces. Estos elementos son el Marxismo y la Revolución Rusa.

La idea de Gabrilo Princip de asesinar a los archiduques austriacos imita a la teoría marxista que postula que, al eliminar a la cabeza del poder, le sigue una revolución obrera que restaurará el poder a las manos del trabajador. Muchas revoluciones habían sacudido al orden de poder en Europa previo a 1914, pero ninguna con bases marxista y, contrario a lo que creía el mismo Karl Marx, Rusia se convirtió en la cuna de su teoría socialista y los atentados en contra de la dinastía Romanov en la inspiración de Princip.

De hecho, lo que lo hizo al fundador de la Unión Soviética, Vladimir Lenin emprender la revolución y despertar su aspiración política fue la pena capital de su hermano, quien intentó asesinar al Zar Alejandro III. Irónicamente la enjundia que no se había encontrado en todas las otras revoluciones para instituir un estado socialista finalmente emergió del deseo de venganza personal de Lenin y no de una ambición sociopolítica o económica.

La ideología marxista y sedición obrera no pasan de ser buenas intenciones. Fueron varias las revoluciones rusas fallidas hasta que la Primera Guerra Mundial debilitó suficientemente al gobierno zarista para derrocarlo. También está el factor religioso, finalmente la población encontró un escape al derecho divino de los gobernantes a gobernar.

El arranque de la Primera Guerra Mundial coincide con la influencia del místico, Grigori Rasputin, quien se convirtió en asesor del Zar Nicolás II cuando su único hijo Alexei, que era hemofílico tuvo un accidente. Alexei no dejaba de sangrar y por la recomendación de las princesas de Montenegro, el Zar y su esposa, la Zarina Alexandra, se lo llevaron para curarlo. Lo único que hizo Rasputin fue quitarle la medicina que le estaban dando, aspirina. En ese entonces no se había descubierto que la aspirina es un anticoagulante, letal para un hemofílico. Desde ese momento, adquirió un rol público de influencia que debilitó aún más la fe de la gente en el orden autocrático de su gobierno con chismes de las prácticas religiosas que les inculcó a los zares; rumores de orgías, autoflagelación y posiblemente un romance con la Zarina desacreditaron a la familia real ante sus súbditos.

Fue así que Rusia empieza la Primera Guerra Mundial con un mandato endeble y, después de una década de una guerra que estaban perdiendo contra Japón, un enemigo militarmente inferior, un ejército debilitado. Así es como, poco después del arranque de la Primera Guerra Mundial, abdica el zar y deja a dos facciones peleándose por el control de Rusia: los liberales y los soviéticos.

Ya saben quién ganó esa lucha de poder. Los soviéticos despojan a los liberales a la fuerza con la táctica de practicar los salvajismos conocidos como el terror rojo. Durante la revolución, los soviéticos, Bolshevik o comunistas, como prefieran llamarlos, asesinan a la nobleza y aristocracia rusa, niños incluidos, para evitar conflictos con los herederos, y así baja la cortina de acero sobre el Este de Europa que a su vez lleva a la Guerra Fría y la enemistad actual entre Rusia y los países del Atlántico.

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