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Juan María Naveja Diebold

Juan María Naveja Diebold

Consultor financiero independiente. Egresado de la Escuela de Negocios Wharton de la Universidad de Pensilvania, la Universidad La Trobe de Melbourne, Australia y el Tecnológico de Monterrey (Campus Guadalajara, México). 

 

La guerra que terminará al mundo

 

Cuando hablamos de eventos que podrían detonar una tercera guerra mundial nos imaginamos un escenario de destrucción nuclear o una pandemia biológica. Las dos guerras mundiales pasadas impulsaron saltos tecnológicos y bélicos inesperados que resultaron en armas, terrenos de batalla y resultados impredecibles.

Al arranque de la primera guerra mundial la mayoría de los ejércitos marcharon a caballo, con espadas, bayonetas y uniformes coloridos con plumaje, bombo y platillo. Los ejércitos cantaban en el camino, los ciudadanos de edad se inscribían a las fuerzas armadas exaltados por la noción romántica de ir a la guerra. Los generales planeaban un conflicto que duraría meses con batallas que no tardarían más de unas horas. La guerra se prolongó por cuatro años con batallas que se libraban en trincheras y frentes que duraban meses. En el curso de la guerra los uniformes se cambiaron a grises, verdes y cafés, un inicio del camuflaje. Se adoptó el uso de alambre de púas, lanza llamas, gas mostaza, transporte motorizado y el calibre de las armas se multiplicó por más de cuarenta. Hacia el final de la guerra, el uso de aviones y submarinos eran la vanguardia en tecnología bélica.

En la segunda guerra mundial se esperaba que la aviación y los submarinos serían las armas más modernas del conflicto. Derivado de las lecciones de la primera guerra mundial se visualizaban dos grandes frentes a cada lado del Tercer Reich. Durante la guerra se inventaron los misiles, el radar, la penicilina, las bombas se convirtieron de explosivas en incendiarias y, por supuesto, la bomba atómica.

Cualquiera que sea nuestra idea de cómo sería la tercera guerra mundial, ésta es lejana y menor de lo que sería la realidad. Simplemente no tenemos manera de saber los resultados de invertir el total de la maquinaria económica e intelectual de un país del siglo XXI a la industria bélica y no es una curiosidad que tenga el menor deseo de satisfacer. El miedo a una guerra nuclear de gran escala sigue estando bien fundamentado, pero no es para ignorar o descartar la amenaza de un conflicto entre una potencia mundial y un país mediano. Hay muchos elementos a considerar aquí: la facilidad de infiltrar celdas terroristas foráneas, la disponibilidad de tecnología abierta, las capacidades y costo de un ataque cibernético y la interconectividad global del comercio.

Cualquier país podría montar al menos un ataque terrorista catastrófico a cualquier potencia mundial sin importar la paridad militar entre los mismos, las bases de investigación a cualquier arma avanzada están publicadas y accesibles, todos los sistemas conectados a la red son susceptibles a un ataque extranjero y prácticamente no hay un solo territorio en el mundo en el que no estén invertidos los intereses de alguna de las potencias militares. En otras palabras, en el siglo XXI, no hay enemigos pequeños a los cuales las potencias puedan atacar sin desencadenar más consecuencias. La noción de que hay países o facciones que no importan en un conflicto internacional ha provocado a las amenazas más desafiantes a los países «occidentales» hoy en día. En la primera guerra mundial los poderes centrales liberaron a Lenin para animar la revolución bolchevique en Rusia y los aliados se pre-dividieron al imperio otomano que desató los conflictos modernos en el Medio Oriente. En la segunda guerra mundial los Aliados separaron a Corea entre Estados Unidos y la Unión Soviética después de derrotar a Japón y no se ha unificado hasta la fecha. La Unión Soviética también se anexó a la mitad de los Balcanes lo que desató décadas de conflicto y pobreza en la región. En la próxima entrega conectaremos éstas divisiones con las amenazas actuales a los países que las ejecutaron.

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