Un reciente estudio realizado por investigadores del Instituto de Ciencia de Tokio ha abierto una nueva ventana al conocimiento sobre la esquizofrenia, una enfermedad mental compleja que afecta a millones de personas en todo el mundo. Los resultados, publicados en la revista Schizophrenia Bulletin, sugieren que la diversidad de bacterias presentes en la boca podría ofrecer pistas valiosas sobre el deterioro cognitivo que sufren quienes padecen esta patología.
La esquizofrenia se caracteriza no solo por síntomas como alucinaciones y delirios, sino también por problemas persistentes de memoria, atención y capacidad de razonamiento. Estos déficits cognitivos pueden limitar gravemente la autonomía y calidad de vida de los pacientes. Tradicionalmente, los científicos han centrado su atención en el intestino como posible origen de alteraciones microbianas relacionadas con la función cerebral. Sin embargo, cada vez hay más evidencias de que la diversidad de bacterias que habitan en la boca también podría desempeñar un papel fundamental.
El equipo, liderado por los profesores Takehiro Tamura, Genichi Sugihara y Hidehiko Takahashi, junto con expertos en biología oral, decidió explorar el llamado «eje oral-cerebro». Su objetivo era averiguar si los cambios en la microbiota oral están asociados con el deterioro cognitivo en la esquizofrenia y cómo podría surgir esta relación.
Para ello, analizaron muestras de saliva y resultados de pruebas cognitivas de 68 pacientes con esquizofrenia y 32 personas sanas. La capacidad intelectual se midió mediante la Escala de Inteligencia Adulta de Wechsler y la Prueba Japonesa de Lectura para Adultos, obteniendo un coeficiente intelectual global (FSIQ) para cada participante. Paralelamente, los investigadores caracterizaron la microbiota oral mediante técnicas avanzadas de secuenciación genética y emplearon herramientas informáticas para predecir el potencial funcional de las comunidades bacterianas.
Uno de los aspectos más innovadores del estudio fue la evaluación de la vía de la quinurenina, un marcador metabólico vinculado a la inflamación y que suele utilizarse como indicador indirecto de neuroinflamación. La hipótesis era que una alteración en el ecosistema bacteriano oral podría estar relacionada con un menor rendimiento cognitivo, ya sea por un aumento de la inflamación o por cambios en funciones microbianas esenciales.
Los resultados revelaron que los pacientes con esquizofrenia presentaban una microbiota oral menos diversa y obtenían peores resultados en las pruebas cognitivas. Dentro del grupo de esquizofrenia, una menor diversidad bacteriana se asociaba con un coeficiente intelectual más bajo. Además, se detectó un desequilibrio en los grupos bacterianos clave, con una mayor proporción de Streptococcus respecto a Prevotella, junto con cambios en otros géneros destacados.
El análisis funcional de la microbiota mostró que ciertas vías metabólicas, como la biosíntesis de glicanos y el metabolismo energético, estaban positivamente asociadas con el rendimiento cognitivo. Estas rutas podrían ofrecer pistas sobre cómo la diversidad bacteriana influye en la salud cerebral. Por el contrario, los marcadores de la vía de la quinurenina no mostraron evidencia de mediar en esta asociación, lo que sugiere que el vínculo entre la microbiota oral y la cognición podría depender más de funciones microbianas específicas que de la inflamación sistémica.
Según el profesor Tamura, «las interacciones huésped-microbioma no se limitan al intestino. La microbiota oral también participa en estas relaciones y su importancia en condiciones neurológicas se ha vuelto cada vez más reconocida». Los autores destacan que, aunque se trata de un estudio transversal y los perfiles funcionales se han predicho computacionalmente, los hallazgos generan hipótesis comprobables para futuros trabajos experimentales y longitudinales.
Este descubrimiento abre nuevas vías para comprender el deterioro cognitivo en la esquizofrenia y plantea la posibilidad de desarrollar estrategias orientadas al cuidado bucal y al microbioma como complemento a los tratamientos tradicionales. Medidas como la higiene oral, el uso de prebióticos y probióticos, o la monitorización de la microbiota podrían convertirse en herramientas valiosas para mejorar la calidad de vida de los pacientes.




