Los aranceles llegaron para quedarse: ¿Ebrard lo sabía?

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Palabras Más / ¡Todo se alinea!

La principal virtud de un político es la congruencia. Se puede tener el poder y no pasar a la historia y pasar a la historia sin tener el poder.
Porfirio Muñoz Ledo

Uno de los grandes —y muchos— pecados de la 4T, sin lugar a dudas, es la arrogancia. Así se comportaron desde 2018. A ello debe sumarse la visión mesiánica de su líder, Andrés Manuel López Obrador, quien hizo del poder un ejercicio unívoco: el presidencialismo en pleno. En su borrachera de poder pensó que sus decisiones no traerían consecuencias y que el pago de esas cuentas no los alcanzaría.

Si Felipe Calderón inició la guerra contra el narcotráfico con sus muertos y su estela de terror, el “Pejelagarto” les dio rienda suelta a los mafiosos para continuar y extender sus dominios; se metieron hasta la cocina. Aquello de “abrazos y no balazos” no fue solo retórica barata de un líder, sino una retorcida política pública que sumió al país en una crisis de seguridad y deterioró la relación con Estados Unidos, nuestro principal socio comercial.

Hay que dejarse de narrativas chafas y abandonar el cuento de la soberanía nacional. Por ejemplo, en el caso de Rubén Rocha Moya, no representa a todos los mexicanos ni a todos los políticos; pero si cae, será aceptar con pruebas lo que no les gusta escuchar: que vivimos en un narcoestado. Eso habrá que dejarlo a las leyes y a los tratados; pronto lo sabremos.

Las cosas no pintan nada bien. Nadie con dos dedos de frente está pidiendo la intromisión de Estados Unidos, pero es un hecho que la presión ha puesto a trabajar al gobierno mexicano. Aquello de los “abrazos y no balazos” se terminó; se le dio un giro a la política del tabasqueño. Tanto, que se han enviado del otro lado a 92 narcotraficantes, se reforzó la militarización de la frontera y se presentan datos de la estrategia de seguridad; ya no lo reducen al dicho de “nos levantamos temprano para atender el problema”.

Y digo que las cosas se les van a poner peor porque se ha publicado la “National Drug Control Strategy 2026” por parte de la Casa Blanca. Es, en los hechos, una declaración de principios que rebasa el lenguaje burocrático y se instala peligrosamente en el terreno de la confrontación abierta. Son 192 páginas que, leídas sin ingenuidad, dibujan una realidad incómoda: para Washington, el narcotráfico dejó de ser un problema criminal y se convirtió en una amenaza de seguridad nacional con características de guerra.

Y es que, en los 32 meses que le quedan a Donald Trump al frente del gobierno de Estados Unidos, la postura se va a radicalizar aún más. Así como lo hizo en Venezuela, quiere seguir metiendo sus narices de este lado de la frontera y parece que está preparando un golpe contra los narcotraficantes, que por cierto ya son considerados organizaciones narcoterroristas, y el fentanilo, un arma de destrucción masiva; ambos, un problema de seguridad nacional. No es solo tema de terminología o semántica: ese simple cambio activa mecanismos legales, políticos y militares.

El objetivo es claro: quieren toda la red —liderazgos, financiamiento, logística— y a los funcionarios corruptos que facilitan esas operaciones. Es ahí donde la línea se vuelve difusa y el tema deja de ser exclusivamente de seguridad para ellos y pasa a convertirse, entonces sí, en un asunto de soberanía que no se resolverá cantando el himno nacional ni apelando a la grandeza de nuestros valores y cultura.

Tampoco se trata de ser alarmistas, pero no hay duda —y la historia respalda las intromisiones de Estados Unidos— de que están sentando las bases para utilizar todos los instrumentos de su poder: los diplomáticos, económicos, de inteligencia… y sí, también los militares. Ya sabemos que no piden permiso.

Así que el gobierno de Claudia Sheinbaum deberá mostrar pericia, altura y liderazgo en el trato con nuestro socio comercial. Veremos si los cambios en puestos clave, como la Cancillería y la embajada de México en Estados Unidos, dan resultados… pero mejor ahí la dejamos.


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Hasta la próxima.