March 1, 2024
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Ventanas

La mayoría de las ventanas están hechas para mirar hacia fuera, pero hay excepciones, por ejemplo, las ventanas del servicio de neonatal que hay en los hospitales, las ventanas de los zoológicos o los escaparates de las tiendas. Cuando miramos hacia fuera observamos, desde nuestro espacio íntimo, ese lugar exterior que compartimos con los demás. En cambio, cuando miramos hacia dentro invadimos, sin lugar a dudas, una intimidad. Ver sin ser vistos, además de constituir una forma de voyerismo y, en algunos casos, una parafilia, es también una manera de conocer la realidad de los otros. Mirar hacia dentro de una ventana es, con frecuencia, la única manera de poder conocer a las personas en su mundo propio; siendo ellas mismas cuando no se saben observadas.

Pintor de soledades, Edward Hopper (como nadie, quizá), supo plasmar la alienación de personajes de su tiempo que orientaban sus miradas hacia dentro o hacia fuera de grandes ventanas: una gasolinera, una cafetería, una carretera, un motel; sitios e individuos típicamente estadounidenses que representan, al mismo tiempo (en la obra del prolífico pintor), contextos universales.

Recuerdo haber vivido en un apartamento y observar, de vez en cuando, a una vecina bailar sola por las noches. La observaba al tiempo que me preguntaba si era una bailarina profesional que practicaba alguna rutina, si bailaba para desconectarse de la cotidianeidad o si lo hacía para sentirse, durante ese instante, ella misma. Cuando iba al supermercado en bicicleta, pasaba por una casa que tenía un estudio levemente iluminado donde un anciano, inclinado sobre un escritorio (alumbrado por una lámpara de notario), rodeado por una vasta biblioteca, solía hacer algo, minuciosamente, todas las noches, pero no sabía que, hasta que me acerqué a la ventana, pegué mi cara al cristal y puse las manos en forma de visera para poder ver lo que hacía. Catalogaba, con la ayuda de un cuentahílos, su colección de timbres. Era así como llenaba sus solitarias tardes. No he vuelto a ver al anciano. No sé si se terminó mudando a una residencia o si falleció. Ahora su ventana permanece oscura.

En el lenguaje arquitectónico, las ventanas tienen una función práctica y estética. Permiten ventilar los interiores y proporcionarles luz. Las ventanas pequeñas enmarcan un elemento exterior y las grandes dan una mayor perspectiva de lo que hay afuera. En las fachadas, las ventanas son elementos que dan un respiro a las superficies y les aseguran cierta ligereza.

Los habitantes de una casa (como las palomillas que se dirigen siempre a las bombillas encendidas), buscamos la luz de las ventanas. Por otra parte, las ventanas representan la mayor amenaza: son las partes más vulnerables de una casa. Los muros, en comparación, son inquebrantables y las puertas son lugares de paso.

A diferencia de las puertas, lo que una ventana atraviesa es la mirada, no el cuerpo. Y es justamente en ese intermedio donde surge la ventana como sitio de contemplación o de fuga. Mirar por una ventana es siempre un acontecimiento doble. Un simple vidrio conecta un exterior con un interior. En nuestro egocentrismo, los seres humanos siempre que miramos el exterior nos estamos mirando a nosotros mismos. La ventana nos lleva al diálogo con lo que sucede afuera y al monólogo interior. De manera que, si observamos un paisaje o miramos una persona que pasa, también nos estamos observando a nosotros mismos, estableciendo una relación entre ambos. La ventana es un lugar seguro desde donde mirar lo que sucede al otro lado del cristal: podemos mirar lo que sucede en la calle sin tener que formar parte de ella; podemos ver la lluvia y escuchar el golpeteo de sus gotas contra el cristal, sin mojarnos.

Desde el Renacimiento, pocos motivos han sido más representados en el arte como las ventanas. Hay, por supuesto, de ventanas a ventanas y, mirar a través de cada una de ellas, nos lleva a mundos distintos. En el cine y en la literatura, los personajes que salen por la ventana casi siempre entran en mundos de fantasía. En la obra de teatro de J. M. Barrie, los hijos de la familia Darling, emprenden el vuelo hacia el “País de Nunca Jamás” junto con Peter Pan. En cambio, cuando algo o alguien entra por una ventana, casi siempre aparece el horror. Pensemos en las películas de Alfred Hitchcock.

Están las ventanas de las casas rurales y las ventanas de los departamentos urbanos, las ventanas de los barcos (ojos de buey, les llaman), construidas de esa manera para que la fuerza y los embates del mar ejerzan menos presión en la nave. Las ventanillas ovaladas de los aviones permiten ver la fabulosa quimera de las nubes. A través de las ventanas de las naves espaciales, los astronautas pueden maravillarse con las vistas de la Tierra desde el espacio. Las ventanas de las cárceles suelen ser los únicos sitios que permiten a los presos soñar con la libertad. Desde las ventanillas de un tren, el mundo pasa de prisa y los paisajes adquieren una forma distinta. La ventana más famosa del mundo tal vez sea la del Vaticano, en la Plaza San Pedro, desde donde un cardenal protodiácono pronuncia, cada tanto tiempo, las palabras: “Habemus papam”.

Cada vez que hacemos una fotografía, ya sea con un aparato profesional o con un teléfono móvil, miramos la parte del mundo que queremos congelar en el tiempo. La primera fotografía que se hizo en la historia (realizada por Ncéphore Niépce, en 1826), fue realizada desde la ventana de su granero.

¿Qué pasaría si un día, de un plumazo, desaparecieran todas las ventanas del mundo? El mundo se convertiría, con toda seguridad, en un lugar inhabitable.

Título: Ventanas
Fotografía publicada previamente en la galería LFI Leica Fotografie Internationale.
Instagram: https://www.instagram.com/juan.fran_hernandez/

 

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