martes, junio 18, 2024
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Muere el escritor Paul Auster

Hace más de veinte años, llegaba la traducción, por parte de la editorial Anagrama, de un libro muy particular, “La historia de mi máquina de escribir”. Se trataba de una colaboración entre un escritor y un pintor, entre el escritor y su máquina de escribir. Por un lado, Paul Auster hablaba de su vieja Olympia, que usaba para sus novelas y cuentos desde la década de 1970; por el otro, el artista Sam Messer reflejaba tal artilugio por medio de una serie de dibujos y pinturas, de tal modo que, como decía el narrador, conseguía «convertir un objeto inanimado en un ser con una personalidad, con una presencia en el mundo». Esa máquina de escribir ya no contemplará ninguna otra obra del autor tras décadas juntos.

Auster repitió esta experiencia de escritura acompañada de imágenes con su yerno en 2023, el fotógrafo Spencer Ostrander, que también había colaborado con su suegra, Siri Hustvedt en otro libro sobre Times Square. Aquel trabajo de escritura y fotográfico se tituló “Un país bañado de sangre”, en que Auster se preguntó lo siguiente: «¿Por qué es tan diferente Estados Unidos y qué nos convierte en el país más violento del mundo occidental?», consciente de que la tenencia de armas y su uso descontrolado constituye un asunto que divide a los estadounidenses en un debate que no va más allá y que, a diario, observa cómo más de cien personas mueren a causa de las armas.

Pues bien, aquel libro también era una incursión autobiográfica, pues hablaba de su infancia y de lo habitual que era, entre los niños, tener juguetes como pistolas, lo que avivaba la imaginación a la hora de sentirse un vaquero en el Salvaje Oeste. Todo estaba estimulado por medio de la televisión, por supuesto, y él fue uno de esos privilegiados que tuvieron una en casa, gracias al empleo de su padre, que era dueño de una tienda de electrodomésticos. Era toda una avalancha, la de las películas de serie B sobre el Oeste, que aparecía en el televisor, y que llevó al autor a interesarse por el mundo del cine de mayor, hasta el punto de escribir guiones y dirigir películas: “La vida interior de Martin Frost”, “Lula on the Bridge”, “Blue in the Face” o “Smoke”.

Auster hacía una confesión privada, sobre cómo su abuela mató a su marido y eso marcó el devenir de toda la familia. Con ello explicaba cómo un crimen intrafamiliar afecta en muchos aspectos a los demás, en especial, y seguía compartiendo anécdotas personales, extraídas de su propia biografía, que daban cuenta de detalles donde se asomaban armas. Fue el caso del periodo de seis meses que pasó en un petrolero, en que estuvo en “contacto con hombres que se habían criado entre armas de fuego y seguían viviendo en íntimos términos con ellas”. Una experiencia de la que dejó su reflejo en “A salto de mata”, uno de sus libros autobiográficos –junto con “La invención de la soledad” y “Experimentos con la verdad”–, en que se asomaban también sus huellas narrativas, como la ciudad de Nueva York y la casualidad.

Este rastro fue identificable ya desde su primer libro relevante, “Trilogía de Nueva York” (1985-1986), cuando asoman los ítems que luego explotará: la falta y pérdida de dinero, el sexo enamorado, el clima de cine negro, el béisbol, Hawthorne, París, el azar amable y cruel, la soledad, el cuaderno hallado que abre enigmas… Y junto con estos elementos, siempre el tema de la huida. Así ocurre en la que tal vez es su mejor novela, “El Palacio de la Luna” (1989), y también en las magistrales “El libro de las ilusiones” e “Invisible; o en entretenidas historias como “La música del azar”, “Leviatán”, “La noche del oráculo” y “Brooklyn Follies”; y asimismo en las de corte experimental, caso de la metaliteraria “Viajes por el scriptorium” y la fantasía de anticipación bélica “Un hombre en la oscuridad”.

Desde joven escribió versos, como puede comprobarse en su “Poesía completa” (Seix Barral, 2012). Por otro lado, en 2017 apareció su novela de muy singular título “4 3 2 1”, uno de sus desafíos literarios de mayor magnitud: una historia en que Auster ahondó en la red de coincidencias y simultaneidades que dan como resultado un destino sorprendente en la vida de sus personajes. Contaba así cómo Archibald Isaac Ferguson, nacido como el propio escritor en 1947, en un hospital de Newark, experimentará una suerte de desdoblamiento con cuatro personajes más que comparten el mismo nacimiento y ADN.

Como en muchas de sus obras, aquí también había un paralelismo entre el signo de los personajes y la historia de los Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XX; por ejemplo, en cuanto a las reacciones de los personajes acerca de acontecimientos señeros como las revueltas estudiantiles o el asesinato del presidente John Fitzgerald Kennedy. Y todo con un Archibald que se convierte en cuatro existencias «paralelas y totalmente diferentes», «cuatro chicos que son el mismo chico». Aquel Auster, semanas atrás, había alcanzado los setenta años, y según contó, necesitaba un descanso, tras ese novelón de mil páginas, en el terreno de la ficción.

Entretanto, apareció un libro autoanalítico, “Una vida en palabras. Conversaciones con I. B. Siegumfeldt” (Seix Barral, 2018), en que una profesora danesa demostró el absoluto conocimiento que tiene de la obra del autor de Nueva Jersey, amén de una gran capacidad para sugerir modos de reflexión que empujen a revisar libro a libro toda esta maravillosa trayectoria. De este modo, y aunque la entrevistadora, siempre brillante, no cuestionaba las obras, ensalzándolas directamente –Auster escribió varias bastante irregulares–, el libro era una formidable vía para adentrarse en sus diecisiete novelas y cinco libros autobiográficos, es decir, la casi totalidad de sus creaciones.

Estas conversaciones con I. B. Siegumfeldt nos colocaron ante un Auster entre informal y filosófico, que reivindicaba su vena poética y para quien todo era «incertidumbre», cada proyecto literario un nuevo inicio con las mismas inseguridades y dudas. Las charlas se realizaron entre los noviembres de 2011 y 2013, es decir, cuando Auster preparaba “Diario de invierno”, en que se revisaba a sí mismo a partir del estudio de su cuerpo en la que consideraba la última estación de su vida, e “Informe del interior”, un ejercicio memorístico con él de niño, adolescente, joven. Aquel muchacho, en su momento, fue un ávido lector de un escritor al que acabó dedicando otras mil páginas: Stephen Crane (1871-1900). De ese modo, en “La llama inmortal de Stephen Crane” (Seix Barral, 2021), recreó la vida y obra de este escritor, periodista y poeta, autor de “La roja insignia roja del valor” en 1895.

En ese “Informe del interior” Auster transcribía unas cartas que un buen día su exmujer, la escritora Lydia Davis, le envió con motivo de una donación a una biblioteca. Por entonces, hacía ya lustros que era una estrella internacional, que el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2006 vino a reconocer, y nos deja una de las trayectorias más atractivas y originales de las últimas décadas en el mundo de la literatura, aparte de una última obra, de este mismo año, “Baumgartner”, en que usó un “alter ego” para hablar de la enfermedad, la vejez, la muerte, la viudedad, ahora la de su esposa, Siri Hustvedt.

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