Muy pronto la televisión, para ejercer su influencia
soberana, recorrerá en todos los sentidos toda la
maquinaria y todo el bullicio de las relaciones humanas
Martin Heidegger
Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
Cuando uno está en la universidad estudiando Ciencias de la Comunicación o Periodismo, los profesores insisten en la importancia de adquirir un conocimiento trascendental, ese que permanece y sobrevive al paso del tiempo y a la cotidianidad. También se habla de ética y de la buena praxis, porque trabajar en los medios —como en cualquier profesión— implica que todo lo que se haga o se diga tendrá repercusiones, mayores o menores, pero siempre habrá consecuencias.
En tiempos de la banalización de los contenidos, de los programas basura y de la pérdida del poder de la televisión como ese gran medio que construía carreras o destruía reputaciones, hoy desplazado en buena medida por las redes sociales, cobra vigencia el pensamiento de Jürgen Habermas. El filósofo sostiene que el espacio público solo puede fortalecerse cuando los participantes dialogan con argumentos, responsabilidad y respeto. Lamentablemente, en muchos casos esa teoría parece haber quedado reducida a las aulas universitarias.
La palabra construye ciudadanía, pero también puede destruir reputaciones, alimentar prejuicios o legitimar la violencia. Quien se coloca frente a un micrófono o una cámara no solo informa o entretiene; también influye en las audiencias y, de manera inevitable, condiciona la percepción de quienes están del otro lado de la pantalla. Esa influencia exige prudencia, preparación y plena conciencia de la responsabilidad que implica emitir juicios.
En ese contexto puede entenderse lo ocurrido con Pedro Sola, uno de los conductores de Ventaneando, programa de Televisión Azteca producido por Patricia Chapoy, cuyo retrato todavía ocupa un lugar en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Hace tiempo que aquel espacio dejó de privilegiar el periodismo para apostar por contenidos de entretenimiento que millones de televidentes siguen consumiendo. Ahí, el conductor habló del maltrato animal e incluso hizo referencia a envenenar perros simplemente porque no son de su agrado. La reacción en redes sociales fue inmediata y terminó ofreciendo una disculpa que pocos consideraron espontánea.
El asunto también tiene una lectura política. Ocurre en un momento en que la televisora busca inversionistas, mientras su propietario mantiene un abierto enfrentamiento con los gobiernos de la 4T y alimenta especulaciones sobre eventuales aspiraciones presidenciales. Todo ello coloca a más de uno en estado de alerta. Lo cierto es que el maltrato animal no puede normalizarse. En gran parte del país ya se reconoce a los animales como seres sintientes y, en diversas entidades, incluso se han prohibido las corridas de toros por el sufrimiento que implican.
Algo similar ocurrió con el periodista argentino Eduardo Feinmann, quien lanzó expresiones ofensivas contra los mexicanos, alimentando estereotipos y prejuicios que nada aportan al debate público. Fue xenofobia disfrazada de ocurrencia y amparada en una supuesta libertad de expresión. También en este caso las disculpas llegaron cuando la presión social y política hizo evidente la magnitud del despropósito.
En ambos casos el daño ya estaba hecho. Las palabras viajan mucho más rápido que las rectificaciones y, en la era digital, permanecen prácticamente para siempre en los dispositivos electrónicos.
Nadie está exento de cometer un error o de hacer una mala declaración. La diferencia radica en la formación y en la conciencia de la responsabilidad que implica ocupar un espacio en los medios de comunicación. Se supone que quienes llegan ahí son profesionales y, precisamente por ello, deberían reducir al mínimo el margen de la improvisación irresponsable.
Antes de hablar para millones conviene recordar que cada palabra puede educar, dividir o lastimar. Son reglas básicas de la formación profesional. Así funcionan los medios y también las redes… pero mejor ahí la dejamos.
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Hasta la próxima.




